Los segundos pasan, tu voz se borra completamente de mi memoria, espero el llamado, y sólo grillos alteran mi conciencia.
Mi príncipe no era sino un simple y arrugado sapo, que salta de charco en charco esquivando para qué vino.
¿Por qué apareciste pequeño renacuajo?
¿Por qué tu espíritu de aventura no optó por reposar unos años más en la fría y húmeda cueva?
Parece que aún no lo notas, pero has acabado con mis ilusiones, has humillado mis sueños, quemaste las hojas del libro que escribí a tu lado, y ya no te encuentro en mi presente.
Decidiste marcharte. Tal vez te asustó el destino, temiste olvidar tu nombre o simplemente no tienes motivos...pero hoy no te tengo.
Me dejaste triste y desesperada, manchando de negro rimel el reluciente vestido blanco que compré para festejar nuestro encuentro. Conseguiste que la almohada no logre secarse, mojada duerme cada noche bajo mi cabellera despeinada, la misma que aún conserva la tiara plateada y brillante, por tí convertida en espinas que sólo derraman lágrimas y gotas de sangre.
Clavada en las maderas de la locura y la angustia desenfrenada no puedo pensar, no consigo odiarte ni golpearte, sólo me alcanza con descargar la ira que acumulé contra aquel animal que un día infló mi mundo para luego dejarlo explotar lentamente, y acabar con lo mágico de esta historia.
Pero evidentemente no era más que eso. Un inútil y frío sapo, con intenciones malvadas y corazón de bromuro. Ningún príncipe azul con carrozas de oro volverá a confundirme con sus encantos de hombre, juro que jamás besaré a uno de esos.
Las fantasías no existen, y los sapos convertibles tampoco.

No hay comentarios:
Publicar un comentario