Y tiritan azules los astros a lo lejos. Esos que observábamos juntos cada noche, bajo el cielo infinito. Rodeados de la magia de las hadas, que nos señalaban detrás de los anchos y añejos árboles.
La brisa nos recorría lentamente, mientras, recostados sobre la hierba salpicada suavemente por el rocío matinal, nos brindaba el calor de la aventura.
La enorme distancia hacia la luna nos demostraba cuán pequeños éramos en este mundo, y nos guiaba a preguntarnos qué buscábamos en este paraíso.
Exactamente eso era lo que soñábamos. Encontrarnos con nosotros mismos, descubrirnos interiormente. Compartir locuras y desear utopías.
Eso era lo que sentíamos. Un sin fin de ilusiones que nos mantenían vivos.
Y esa misma magia fue la que, de la mano con el destino, nos volvió a unir.
Con sus mágicos y aventurados lazos tejió entre nosotros pequeñas lianas, puentes sobre el abismo.
Abismo de incertidumbre, de miedos y fracasos. De sueños lejanos y falsas esperanzas.
Y ese puente, tan estrecho y abrumador, es el mismo que hoy conecta mi corazón con el tuyo.
En aquel crepúsculo, de repente, comencé a llorar sin darme cuenta.
Esa sensación me invadía el corazón, me inundaba.
Era más fuerte que los miedos, que mis certezas mezquinas, que el intento de controlar cada segundo de mi vida.
Sabía que aquel llanto significaba algo, un tanto extraño en ese momento.
Me tomaste de las manos y abrí los ojos.
Contemplé el cielo oscuro y sentí que mis lágrimas se mezclaban con la lluvia.
La tierra estaba viva, el agua que venía de arriba traía de vuelta la fantasía que compartíamos. Nosotros éramos el milagro.
Hoy me invade una sensación de tristeza que no logro controlar.
Percibo que el instante mágico de aquellos días pasó, y que nada hicimos.
Entonces la vida esconde su magia y su arte.
Creo que tenemos que escuchar a ese niño que fuimos un día, y que todavía existe dentro de nosotros.
Ese niño entiende de momentos mágicos. Podemos reprimir su llanto, pero no podemos acallar su voz.
Ese niño que fuimos un día continúa presente. Permitamos que tome un poco las riendas de nuestra existencia. Ese niño sabe que un día es diferente a otro.
Salgamos a volar, querido mío!
Enseñemos a ese niño lo que es el amor, lo que es no estar solo.
Porque siempre soñé con estar allí contigo, andando por esos campos y recogiendo las doradas manzanas del sol.
Ahorra recorro con la mirada el estrellado cielo, sentada en la ventana de mi habitación.
Aún continúo señalando los brillos que titilan constantemente, descubriendo sueños y encontrando luceros.
La luna sigue su recorrido, pero cada noche trae consigo un regalo.
Me mira a los ojos, hace una elegante mueca con su lujoso rostro y sopla hacía mí un dulce beso.
Ese beso que saboreo en mi cama, ilusionando tocar tus labios con mi boca.
Ese tacto que me acuesta y me cubre con sus mantas, diciéndome un “hasta mañana”.
Ese aroma tan peculiar, que hace de mis sueños un viaje hasta tu cuarto.
Ese perfume que me hace saltar y caer en tu nube; en la nube que nos encontramos cada atardecer, para amarnos bajo las estrellas.

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