Cuando las horas oscuras intentan soltar mis alas al vacío maternal…
Cuando las agujas plateadas del reloj marcan decepciones y soledades, que se vuelven así como la tortura misma, intolerables…
Cuando los gritos de la libertad ajena y las risas de la felicidad enmascarada alteran mi sueño y las finas líneas de mis ojos enervan llanto y dolor…
Cuando te recuerdo y te extraño mientras, ensordecida, contemplo las miradas jóvenes y angelicales de las fotos; colocadas en el cuarto, conmemorando a cada instante que estás, que te tengo, que aún a distancia sos mía.
Porque te pertenezco desde que me diste la vida, me perteneces, te regalo ilusiones, y recibo a cambio las frases más hermosas, las más dulces, las más deliciosas, esas que silenciosamente tocan mi sensible corazón.
Eres inevitable…inevitable no pensarte en aquellos momentos donde la cama es lo único que aparenta ser familiar; donde las caricias se representan con suaves tactos del viento otoñal; donde los sabores no saben como tus obras de arte; donde tu voz, tu mirada, tu sonrisa, tus mañanas, tardes y noches sólo las vivo dentro de mi cabeza, como una pantalla latente.
Te asomas como el sol en el ocaso, brillas como sus amarillos y dorados rayos en la primavera, perduras en mi mente intranquila por horas y horas, te vuelves eterna. Y en el final del día, colisionas con la luna, la bola blanca y triste que quita tu territorio, te arrasa con su cuerpo y luz ajena, te excluye del escenario, donde sos mi principal y único protagonista.
Allí donde mis aplausos se los lleva tu alma, donde pago para observarte, donde te idolatro y adoro, donde te conviertes en un icono superior y ejemplar.
Entonces, en ese momento de desquite y robo sin compasión, caigo como una piedra en presencia de gravedad.
Tus manos, recién debilitadas, sueltan sin intención mi pesado cuerpo y ruedo sobre las sábanas frías y casi mojadas. Las mismas que permanecen húmedas a causa de las gordas y cargadas gotas que fluyen de mis ojos como corrientes marinas.
Intento observarte, y ya no te encuentro.
Mi mitad de alma me ha abandonado, a esas horas altas y negras, donde no veo la luz que guía mi mirada,
Como consecuencia, mis ojos se cierran, las pupilas se hayan pegadas entre sí, las pestañas se rozan lentamente y el Señor Sueño llega para ofrecerme un descanso fugaz.
Me despido de mí, me beso, me abrazo, me miro al espejo, te saludo.
También te despides. Tu amor dejó en mi cuerpo y en mi mente la esperanza de volver a encontrarte, de fantasear con tu presencia, de revivir con tu calor inmortal y materno.
Un beso. Una caricia. Un “hasta mañana”.
Duermo y sueño, para regresar con el amanecer de la mano, alumbrada por tus dulces rayos de sol asomando lentamente por la diminuta ventana y regalándome la más perfecta de las bienvenidas: la de tu amor. Amor verdadero si los hay, ese que es incondicional, de Madre a Hija.

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