Y nuevamente, la agobiante fuerza aplastante del sol, los repulsivos latidos acelerados que escalan mi cabeza, sus voces, tonos y olores, hacen eco en las paredes, aquellas que inevitablemente se derriten mediante pausas silenciosas.
Sin poder eludir el constante y mortal movimiento de los números, que suben y bajan como las hojas en el otoño, militantes de la pantalla y dictadores de mi corazón jadeante, sigo respirando...mi soplo retiene minúsculas partículas de aliento, detentando que estoy viva, que aún aquí el mundo continúa girando para mí.
Y me pregunto si es posible luchar contra el tiempo, separar momentáneamente mi frágil alma, alejar los sentidos, ignorar la tristeza y la melancolía, de este mi pesado cuerpo, que insiste en dar pasos y despertar en medio de la ciudad.
Si soy una totalidad, un entero, cómo puede mi corazón, mi mente y mis cinco sentidos habitar en otro universo, a doscientos kilómetros de distancia, mientras la materia amorfa sigue intoxicándose de las ansias y la desesperación, culpables por atosigarla días y noches.
Resulta angustioso reconocer que todo me recuerda a ellos...cada sonido, cada palabra, letra por letra, momentos infinitos, absolutamente todo forma parte de los recuerdos que aparecen frente a mí como fantasmas, que forcejean mis ojos, tironeando sin desenfreno de las lágrimas que no quieren salir.
Sin embargo, mi corazón sí quiere llorar, quiere gritar, quiere amar y ser amado, desea profundamente atarse eternamente a la calle de su primer hogar, donde se vuelve inmenso e irrompible.

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