-Buenos días- , dicen mis ojos despabilados frente al espejo, deshonesto y sucio como mi alma.
Despierto aplastada por los pies de la tonta rutina.
Como sucede inútilmente en la vida de cualquier ser que una vez durmió; por la tarde los fines de semana, saboreando los últimos desechos de la noche anterior.
Legítimamente como todos creen que debería suceder.
Lo típico, aquello que no excede los límites naturales de la sociedad en que vivimos, en que indebidamente nos tocó caer.
Así me aconteció el día, el sol me esperaba desde hacía horas, las nubes que marcaron territorio con su repetido recorrido, el reloj comió sus pilas por el hambre y mis ojos entreabiertos sorprendieron mi anatomía entre sábanas.
Aún continuaba con vida.
Sin embargo, mi habitación no era la misma.
Aquella noche algo había pasado.
Buscando soluciones a esta incógnita vacía encontré mariposas por los rincones y cenizas desparramadas por el viento madrugador que sacudía con fuerza desde la ventana semi-cerrada.
Espiando bajo la cama quedé aterrorizada al hallar rastros de seres raros que visitaron mis sueños cuando intentaba callar mis pupilas.
Y nadando entre olas de humo y consumiendo secas hierbas cosechadas por manos de finas señoras, armé una historia que no olvidaré jamás, aunque muera por enterrarla...
Este cuarto fue un museo, una obra de arte, y un triste momento desesperado, donde quise tocar el cielo, y acabé recostada en la sucia tierra, acariciando fantasmas y contándoles cuentos a enanos protectores, que curan dolores con manzanas coloradas.
Desnudada por brazos sin piel y aplastada sin compasión por fuerzas sobrenaturales, yacía eternamente, hasta olvidar mi nombre y perder la dirección de mi mirada.
Esa noche, en ese cuadrado de ladrillos adornado con espejos y pintado con acuarelas desteñidas, derrotada por enemigos íntimos e infiel de todo tipo de fantasías, bajo la soledad de los que miran pasar la vida desde arriba, en esa cruel noche ME TOCÓ PERDER.
Todos, en todo momento, perdemos algo.
A cada paso que damos perdemos caricias y gotas de amor, instantes de felicidad y dulces lágrimas.
Perdemos mucho tiempo durmiendo y gran cantidad de sueños al despertar.
Pero aquella noche, perdí la cabeza.
El control mental de mis actos quedó regalado al exceso de soledad, y con ella, bienvenidos fueron los tóxicos que acabaron por derrumbarme.
Ellos mismos cavaron mi tumba, y antes de finalizar, robaron los pocos granos de vida que me quedaban.
La había escondido en un cajón, sellado con sangre de mis venas, era mía, sólo mía, pero hoy las llaves le pertenecen; no soy más que una esclava de mi libertad.
Bailándole al miedo y cantándole a gritos exasperados, mis manos fueron obligadas a ceder.
Frente a mí se encontraba el hermoso rival, avanzaba sin pies, flotaba como un espectro luminoso en medio de la oscuridad del espacio.
Estaba acá, a mi lado, jugando con mis cabellos, tocando mis brazos, rozaban nuestras narices al borde de la locura. Había fuego en mi cama. Las cortinas dibujaban sonrisas impacientes.
Aparecieron velas encendidas, le daban fuerza a la potente compañía de mi habitación, que se hacía visible con cada rayo de luz que disparaba con enojo.
Sólo el destello de la única estrella observable desde mi lecho alumbraba en penumbras este rostro desfigurado, y las sombras remarcaban con vergüenza las ojeras que producía la lucha interminable contra mi hostil compañero de cuarto.
Sin pausas, pero lentamente, esa pequeña ilusión fue consumiéndose entre mis dedos.
La llama seguía latiendo, y se movía con gracia al compás de la música, que ya sonaba como murga para mis débiles oídos.
Mis cinco sentidos terminaron por reducirse a uno sólo, a la sensación de nocivos latidos que golpeaban con furor, hasta corroer las capas de mi cabeza y estallar en dolor por no morir atrapados ahí dentro.
A pesar de los movimientos interminables que mantenía a mi conciencia despierta y prófuga del tiempo, atada con alambres al peso de la angustia, lograba descansar por segundos.
En sitios donde el frío penetraba en mis huesos, con los insensibles pies sobre la almohada o acurrucada en el suelo contemplando desde abajo el monstruo que perseguía mis sueños.
Abrazada a una de las paredes claras, donde reposaba el inmenso cuadro en blanco y negro que una vez me obsequiaron, noté la enorme desesperación de mi cuerpo.
Peleaba por salir de ese estado que mutilaba mi ser sin escrúpulos, lo amordazaba con gruesas sogas y daba latigazos con la furia de un león. No tenía límites. Estaba en medio de una batalla.
La temperatura corpórea ya no era constante, los grados subían y bajaban como niños en un parque de aventuras.
Al ritmo de la marea me quemaba y creía estar en medio de un incendio forestal, y cuando la perilla del reloj cambiaba de línea, nadaba sin ropas en un helado océano, tiesa y fría.
En una noche fui hada, sirena y princesa. Estuve muerta y bailaba en vida.
Podía correr sin piernas y nadar sin agua. No existía el tiempo, ni las horas, ni las letras.
Alquilé amigos sin nombres y habité durante años en países llenos de matices, alucinógenos e insólitos.
Aquella noche perdí una carrera y le robé minutos a la soledad de la ciudad, la demencia me abrazó con fuerza y no pude escapar de sus hermosos labios.
Me extravié caminando por senderos de piedras sin forma, y caí como Alicia en un pozo sin fondo, donde desperté aturdida; conejos jugaban cartas apostando mi vida.
Desde ese momento descubrí que era tarde. Había perdido mis ropas, mis sueños, mis manos, había sucumbido en un mundo de raros colores, agrios sabores e imágenes alternándose con figuras extrañas y confusas.
Había perdido libros y fotos, personas que conocía y un amor en puerta, esperando a una bella mujer, hoy convertida en ruinas y con un alma vacía y oscura.
Había perdido mi futuro. Lo había consumido con mis propias manos.
Y cuando la melodía dejó de sonar, y el último vestigio de luz de la pálida vela se apagó agotado, renací entre cenizas.
Un soplo de aire abrió mis pulmones y logré volver a respirar.
Cansada abrí los ojos e intentando comprender la historia de aquella noche, tomé lápiz y papel, y relaté con cuidado y de la mano de una caliente taza de café, el viaje al fantástico paraíso de la locura.

No llamaría "loco" a alguien que esta fuera de los parámetros de normalidad, determinados por personas que gozan de buena salud e insípidas experiencias; más bien lo llamaría mágico. No leí todo pero seguramente este post va a estar entre mis preferidos. Brindo por haber encontrado tu magia dando vueltas por ahí. Exelente
ResponderEliminarJajaja este texto es fruto de un viaje increíble e inusual dentro de una rutina asfixiante e incómoda...tmb es uno de mis preferidos ;-)
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