No me pregunten qué se siente. Cómo huele. A qué delicia saben sus terribles labios.
Sólo comprendo el estado de mis huesos, cayendo con todo su peso al ritmo de mis emociones.
Mis dedos fríos recorren lentamente las vueltas de páginas de la historia más triste de todas las épocas.
Y leyendo con paciencia las primeras hojas de la novela que ofrecieron tus manos, viajo como una ráfaga a la habitación donde construimos nuestro pequeño cosmos…aquel rincón donde te amé con locura, donde me convertiste en tu princesa y tu hada encantada, donde iluminaste mi vida con un sorbo de tu mirada.
Aquel abrigo de nuestra pasión que hoy sólo es un ligero pasado, donde aquella reina cedió su corona de diamantes y perdió el zapatito de cristal a causa de la frialdad del tiempo.
Cómo fue que mis manos tocaron por última vez aquel cuerpo caliente que llamaba a mis deseos ardientes de niña buena.
Cómo pude permitirme no darte el beso mortal, ese que atrapa y envenena cada vena sangrante, el que intoxica de amor y protege con celos a la víctima de sus garras; y sólo atiné a dejar salir de mi boca un Adiós. Una respuesta vacía y oscura. Una despedida cálida y triste. Un despertar repentino de un sueño tejido con plumas de aves vespertinas.
Simplemente te marchaste.
Mi mirada cabizbaja observaba cómo tus pies se apartaban del coche, y saludabas con ternura mientras girabas hacia la puerta del hotel que nos cobijó en la sombría noche.
Ese fue nuestro último abrazo. Fuerte y desconsolado. Nuestro último roce.
El último soplo huyendo con tristeza de tu respiración, sentir suavemente los latidos de tu pecho, que reclamaban con vigor hacer tuya, cada porción de mi anatomía.
Esas calles ya no serán las mismas.
Los desayunos no saben igual si no los comparto con tu esencia, si no llegan a nuestro lecho bajo las manos transparentes de tu presencia.
El día no será tan brillante y resplandeciente.
Tan sólo en mis recuerdos me tomas fuertemente hasta robarme un beso casi inocente, y te disculpas sin razón con una mueca distraída.
Y, tal vez, fue el destino, o simplemente la rueda mágica de la vida, esa que da el toque de fantasía al instante más real de los días, que me abandonaste viajando a la deriva.
A mi lado, un chofer con el corazón roto. Sus ojos brillantes de dolor y furia, un amor que salpicaba tristezas. Por los poros de su rostro navegaban caricias sin piel, regalos sin destino y un presente que mantenía a gotas para dominar de lejos a la muerte.
Un señor de canas finas y decisiones débiles.
Una flor marchita en el jardín de los sueños; y detrás, una muchacha de labios carmesí, luchando por no borrar sus huellas, sus olores, y el fresco sabor dulce que renacía de su boca cuando intentaba decir te amo.
Quién era yo para aconsejar sobre amoríos y decepciones.
Quién confiaría en una joven caprichosa que nunca conoció el amor ni el odio, aquella que caminaba bajo el sol del verano para cegar sus ojos ante la irreal ilusión de su mundo.
Por qué mis palabras sanarían mágicamente a un anciano casi desesperado, esperando una mujer que enterró su nombre bajo un árbol viejo y moribundo.
Por qué debía ser yo la que nadaba en un mar de consejos y convicciones, por qué el aire no se llenó simplemente de sonidos afónicos.
Por qué aquel hombre de barba apenas rasurada observó con estoicismo nuestro último beso, y mareó mis ideas con una filosofía casera encontrada casualmente en el bolsillo de su piloto chapoteado por el rocío matinal.
Por qué cada momento quedó plasmado como un collage de imágenes sin movimiento, y cuelgan de mis muñecas tiesas, desgastándolas con cuidado.
Por qué hoy sólo sueño con beber un poco más de las gotas de amor que me obsequiaste aquella tarde, y miro de reojo el campanario a lo lejos. Aún lo señalan tus dedos desde el vidrio mojado, sudado de pasión y secado a tiesas con telas hechas de viento.
Por qué esa escena se reitera cada mañana, el mismo taxista recoge mis sueños en una esquina desolada, y finaliza el recorrido en su última parada justo antes de despertar.
Quince segundos paralizando la respiración, los pulmones contraen aire que roba de los rincones, y mis ambiciones se multiplican hasta vislumbrar la luz al final del túnel. Cuando éste acaba, mi cuaderno rebalsa de ilusiones a punto de explotar…resaltando en cada deseo, en cada una de mis utopías, que tu nombre está en todos ellos…
Quiero volver a deleitarme con tu figura, viendo deslizar ese cuerpo por las escaleras, que esa bienvenida sea la única y la más dulce de todas.
Quiero que tus peligrosos labios callen mis profundas preguntas y supriman mis miedos más inútiles.
Que la tersidad de tus manos borren mis complejos de princesa y rodeen mi cintura, dócil y afinada.
Quiero sentir nuevamente la brisa de tu amor en mi espalda; que genuinamente caigas a mis brazos oxidados de tanto esperar por caricias.
Y por las tardes, contemplar de a dos el blanco reloj del cielo, que nos observa desde lo alto como saludándonos por la ventana.
Quiero amanecer contigo, enroscada apasionadamente entre las sábanas, sintiendo con agrado el leve sonido de tus silencios.
Quiero leer mil diccionarios, y reinventar palabras que te halaguen, me descubran toda tuya, y fingir hacerte el amor entre aquellas paredes, cuando el color de tus ojos se haya esfumado con mis recuerdos.
Quiero derrochar hojas en tu nombre, cantar por las noches bajo el reparo de tu mirada y escuchar con desesperación tu voz al teléfono. Sentirte a mi lado cuando nos separe una distancia que entristece hasta al corazón más valiente.
Quiero volver a nacer, caminar las mismas aceras aplastadas por el tiempo y oír con tu voz de caballero enamorado un “te quiero”, hermosa princesa.
Quiero sentir el universo sobre mí.
Quiero no pensar en dejarte pedazos de algunas letras, vibrante melodía y un puñado de palabras a medio terminar, refugiándome en la fantasía de que algún día volveremos a estar juntos.
Despertar tomados de la mano y pedirte en silencio: CUIDAME OTRO AMANECER.

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